Campo inmenso, seco, rudo, virginal, misterioso, salvaje, espinoso, mar de jarilla, monte infinito, canto ocre.
Con él recibí al mancarrón: torre negra a mi medida, cabeza descomunal, anca cuadrada. Miedoso, tropezador, con un galope capaz de destartalar al más pintado.
Campo y caballo son semejantes; dialogando con uno puedo conocer al otro. Montado, piernas abiertas, brújula en mano y revólver al cinto, comienzo a internarme, dejo la civilización, lavo la mente, palpo la naturaleza.
Sigo el rumbo loco de los burros salvajes; para un lado, para el otro, ilógico pero siempre más allá. Como un comechingón aprecio ávido las algarrobas, sueño con lluvias, interpreto las huellas. Presiento al puma, envidio al halcón.
Así la encontré en la senda olorosa que rodea al quebracho y se aboveda con espinillos y retamos. Caja voladora que no era cuadrada, más bien redonda y rectangular, ovalada y piramidal, cóncava y convexa del mismo lado, difícil de describir, en realidad tal vez cuadrada.
Me descolgué del pingo y ambos pusimos nuestras caras asombradas bien juntas, como pegadas a un vidrio.
La caja se interesó por el caballo; era el más grande y digno, tenía cuatro patas, tapaba el sendero y cargaba al otro; pero sólo consiguió llenarlo de pánico, produciéndole chorreante transpiración y fuertes sacudidas en la piel.
La caja perdió interés y se trasladó a la altura de mis ojos. Por primera vez supe que mi mente era compleja como el campo, llena de caminos ocultos y secretos, espinosos y floridos, torrenciales y secos, nunca derechos. Los sentí recorridos y ocupados, sobre todas las cosas, dominados.
Cuando la caja me iba a abandonar por considerarme igual al caballo, logré sobreponerme con esfuerzo y me di el lujo de echarla de mi cerebro antes de que se fuera sola. Esto le provocó un sólido respeto, una sonrisa de colores cambió sus planos grises, comenzó a ronronear placenteramente y a despertar mi simpatía.
Penetró en mi cerebro, pero ahora con educación, cuidado y prolijidad, y así como llevado de la mano, me transportó a mi primera infancia.
Con mi particular glotonería acababa de tomar la mamadera en tiempo record. Mi madre me acunaba en sus brazos golpeándome amorosamente la espalda. La caja comenzó a balancearse y eructó.
Luego jugué a las esquinitas, mientras la caja corría del algarrobo al retamo y de éste al quebracho. Quedó empañada y jadeante.
A los siete años me tiré del trampolín olímpico, la vi subir por las ramas escalonadas y precipitarse al vacío.
Saltó conmigo al pisar aquella pila de hojas secas quemadas por mi padre y las lágrimas corrieron por sus aristas.
Quedó emocionada, arrebatada y anhelante al besar a mi novia de miel. Se alejó un poco como si estuviera celosa o abrumada por el descubrimiento del sexo. Pronto aprendió. No debo describirla en las noches de amor. ¿Cuántos colores vemos los humanos? ¿Cuántos colores mostró esa caja? ¿Cuánto calor sentimos los hombres? Creí que la caja se derretía, vi su ardor, su paz y cansancio, percibí la felicidad.
Sacó a mi hijo de la cuna, alzándolo con torpeza y cuidado, retrocedió al oírlo chillar. Quedó extasiada con mi hija, puro cachete, bola dorada.
Vivió alegrías, depresiones, pasión, aburrimiento. Tuvo ambiciones, enfermedades, dolores, frustraciones y triunfos. Lloró mis muertos, amó mi amor, descubrió la amistad.
Nos miramos, se acercó para darme un contacto geométrico, tierno, distinto, único, pleno, agradecido y se fue volando.
Subí al caballo y volví al rancho.