Las lágrimas parten de los ojos impulsadas por el alma. La primera de ellas se asoma tímida desde su rincón, azorada por la luz que la ilumina.
Primero se forma, engorda; luego se alarga al aferrarse temerosa a la última pestaña. Al fin se desprende y toma velocidad.
Todas llevan de a poco la carga del dolor. Alivian la fronda que acongoja el espíritu hasta dejarla rala.
Su misión es acarrear cada hoja lo más lejos posible. A la primera, vacilante, sigue otra y luego más, muchas más.
Inspiran al pecho para que el viento ayude a desbrozar las últimas ramas. Pero éstas quedan y el tronco también.
No hay lágrimas capaces de transportar la dura madera que atenaza el alma.
Sólo el tiempo pudre los dolores, los carcome y deforma, pero junto con ellos se desintegra la vida.
Las lágrimas no tienen destino, sólo punto de partida. El llanto, como el dolor, es propio, solitario, igual que el ser humano, que se reúne pero no se mezcla nunca, aunque ame.