Los cazadores furtivos dejan trampas y, lo que es peor, cebos venenosos para matar indiscriminadamente. De las muchas víctimas eligen unas pocas que producen dinero, las demás terminan como alimento de los jotes. Las trampas para pumas, con sus poderosos resortes, destruyen la pata que las activa y eso supone la muerte a corto plazo del que logra zafarse mutilado.
El dueño buscaba en la espesura del monte señales de presencia de cazadores. Estos saben dónde no son bien recibidos, pero la inmensidad del campo hace imposible evitar que entre alguno.
Al atardecer el dueño encontró una senda por la que se metió agachado. Sobre ella vio huellas frescas de puma; sin duda era parte del camino de decenas de kilómetros que recorren cada noche. No dejan marcas de zarpas porque las llevan retraídas.
Sorpresivamente se hundió, cayó con violencia y se encontró, contuso y dolorido, en el fondo de un pozo que tenía forma de tinaja. Comprendió que los cazadores habían armado esa trampa. Jamás había oído hablar de un método local tan elaborado. La boca, mucho más estrecha que el fondo redondeado, impediría al puma saltar para liberarse. Pensó que antes de intentar algo debía recuperar su movilidad y dejar de sentir dolor. Se acomodó lo mejor que pudo. Sabía que tarde o temprano lo encontrarían, porque para su gente el piso es una cartilla.
Cuando llegó la noche recordó las víboras, arañas y matuastos, sin embargo la trampa era demasiado reciente para tener esos ocupantes indeseables. De pronto se le vino encima un cuerpo enorme de casi su mismo peso que volvió a lastimar sus piernas. Un rugido poderoso, mitad sorpresa y mitad ira, lo paralizó. Llegó el pánico. Olió su propio miedo mezclado con olor a zoológico y aliento fétido. De todo lo que podía haber caído del cielo, el puma era lo peor. Al principio el animal lo ignoró mientras daba tremendos saltos, pero no tenía ángulo adecuado para poder salir. Como no quería que lo siguieran pisoteando, el dueño se acurrucó en forma fetal. Sentía el dolor prematuro y esperaba recibir un solo zarpazo definitivo. Contrajo su estómago y cubrió su sexo, le faltaron manos para tapar el resto.
Los saltos cesaron, se sintió mirado por dos piedras ambarinas y vio su imagen contraída y pusilánime reflejarse en el centro de cada ojo. Hubiera querido que no brillara la luna para que se apagaran esos reflejos. Las terribles garras no llegaron. La mente se le nubló compasiva. El tiempo pasaba y pasaba y el silencio absoluto los envolvía. ¿Cómo fue posible que se durmiera? Siempre el sueño había sido su mejor refugio y el remedio de sus males. Soñó en colores.
Al despertarse sólo vio esos ojos fijos y duros y encontró que estaba aferrando su cuchillo. Sabía que jamás sería suficientemente rápido y que, aún herida de muerte, la bestia lo destruiría. Pudo soltarse del dominio magnético y miró las pocas estrellas asomadas al pozo. Calculó que si desmoronaba la tierra lograría construir un plano inclinado para facilitar la salida.
Temerario como una criatura inconsciente dio la espalda a su verdugo y se puso a cavar sin respiro. Apisonaba con paciencia los terrones hasta que el borde de la trampa se desmoronó y los cubrió de tierra húmeda y fría. Siguió y siguió hasta el amanecer, porque el miedo suplantaba al cansancio.
De pronto fue violentamente empujado y el puma se liberó con un salto. Tiempo después logró aferrarse a la orilla. Con sus botas cavó escalones y al fin quedó tirado sobre el pasto seco y lleno de abrojos. Cuando pudo se incorporó algo y lo vio: sentado e impasible, el puma lo esperaba. ¿Qué locura lo llevó a rascarle la cabeza con su mano maltrecha? Una lengua áspera le lamió la otra mano.
Se sintió ungido.