Olvidé los olores; si volviera a Maldonado creo que los reconocería. Debieron ser únicos, definidos, de transformación de materia e inmensidad.
Tengo imágenes claras de esa interminable superficie de la Bahía Blanca, veteada por la sal que día a día dejaban las mareas.
Allí caminé mi infancia, corrí llorando cuando la superficie compacta quemaba las plantas delos pies.
En ese lugar jugué las horas. Introduje mis manos en la arcilla inmediata, succionante, pastosa. Formé proyectiles redondos y sostuve largas batallas. Di y recibí. Cubrí mi cuerpo con capas oleosas, grises, brillantes, que se cuarteaban con el sol. Tal vez alimenté mi organismo con barros nutritivos e inéditos.
Yo no sabía bien qué era esa planicie, distinta de los valles, la playa o la pampa. Un mundo todo sensaciones, mío, aunque lo compartiera.
Había más: misterio, temor y desafío; esos canales que rompían la continuidad. Nervios de vida y barro arcilloso, sin orden ni propósito.
Sus riberas empinadas estaban abiertas en millones de agujeros habitados por una comunidad de cangrejos opacos, que aparecían y desaparecían, siempre apurados, alzando sus plegarias al cielo y retrocediendo ante el poder de Dios.
Debía juntar valor para cruzar esos canales, bajarlos enterrado hasta las rodillas con sensaciones en las piernas de contactos duros y agresivos. Subirlos tampoco era fácil; tracción y succión, negro chorreante y oloroso,
Busqué los mejores cangrejos, aspirantes a gladiadores. Había que elegirlos fuertes, con pinzas desproporcionadas y dientudas. Se pateaba al lado de los agujeros grandes para que la presión los hiciera salir. Cuando afloraba un posible campeón irritado, era tomado por detrás.
El circo de un metro de diámetro ya estaba preparado; allí se los depositaba. Al menor contacto cesaba el retroceso y patas y pinzas se anudaban crujientes para arrancarse con saña.
A veces quedaban inmóviles, iguales en poder: cubrían sus cuerpos con burbujas, como ocultándose de la intromisión despiadada que rompía las leyes de la naturaleza.
El juego concluía con el crepúsculo. El blanco de la sal liberaba olores intensos hasta un horizonte lejano y movible, y por instantes los andarines cangrejos adquirían dignidad de obispos. Pronto vendría el agua a cubrirlos unificando su espacio singular.
