Era una playa milenaria, abrupta, descolorida, enmarcada por una alta barranca lisa y uniforme, pulida por los vientos, horadada con nidos musicales, de belleza elemental.
Un buen día llegaron decenas, centenas, miles de tortugas, tan viejas como la tierra misma. Una al lado de la otra, sin dejar el más mínimo espacio, formaron un infinito piso viviente. Con ellas llegó el color: absorbían del prisma el rojo y el amarillo, como si un inmenso roble cubriera la playa de otoño.
Los siglos acumularon arena, hasta que ninguna de las inmóviles tortugas quedó visible. A los ocres se sumaron los reflejos del oro, la plata y el blancomarfil.
Por allí trotó un primer hombre, con su macana cumplió el bautismo de sangre. Siguieron luchas, apareamientos y las especies nacieron y murieron.
Se sucedieron aldeas de paja, redes de pescadores, casas de barro y troncos, restos de naves. El castillo, las invasiones rubias, los burgos. Ruedas pequeñas, anchas, grandes, marcaron la arena. Ésta desapareció bajo pedregullo, adoquines, asfalto.
Sobre la última cáscara que construyó el hombre crecieron los edificios, del gótico a los rascacielos. Una muralla de agujas de cemento superó a la barranca.
Las nubes de polución aislaron el cielo. Gruesas capas de excrementos, desperdicios y aceite plancharon las olas.
El ruido absoluto, suma de la producción y los vehículos, anuló los sonidos de la naturaleza.
Un día cualquiera se produjeron movimientos apenas perceptibles. Los vidrios temblaron; poco al principio, mucho luego.
De pronto la ciudad entera comenzó a caminar sobre millones de pequeñas patas, lenta pero inexorablemente, casas, autos, fábricas y hombres fueron sumergidos, desaparecieron en el mar. Nadie pudo parar aquello. Nadie supo jamás por qué ocurrió.
Sólo quedó una playa milenaria, abrupta, enmarcada por su barranca de pájaros musicales, bajo el sol luminoso, con la pura belleza elemental de la tierra, el agua y el cielo.
